Cuando una enfermera se convierte en paciente de COVID-19

Cuando una enfermera se convierte en paciente de COVID-19

Sharon Tapp, una enfermera gerente de casos, recuerda estar en una cama de hospital en Bethesda, Maryland, enferma y con fiebre por la COVID-19, pidiendo un orinal.

Entonces, en lo que parece ser el próximo momento, se encuentra en otra cama, en una habitación desconocida de lo que parecía ser un hospital distinto, rodeada de personas que no conocía.

"Me preguntaba qué hacía allí. Me desperté y estaba en el Johns Hopkins. Yo no había venido aquí", comentó Tapp, que tiene 60 años, en una voz que todavía está ronca por el respirador. "Veía a la gente a mi alrededor y me preguntaba qué hacía allí".

Tapp estaba allí porque acababa de sobrevivir a una batalla contra la COVID-19 que duró meses, una lucha que requirió que los médicos la pusieran en un coma médicamente inducido y la llevaran en un helicóptero al Hospital Johns Hopkins, en Baltimore.

La enfermedad de Tapp fue tan grave que en un momento necesitó una máquina de baipás cardiaco para que proveyera oxígeno a su cuerpo, asolado por la enfermedad, señaló la Dra. Alba Azola, residente de medicina física y rehabilitación del Hopkins.

"Básicamente, es la máquina de baipás que se usa para la cirugía a corazón abierto", dijo Azola. "Tienen que circular la sangre fuera del cuerpo para oxigenarla, porque los pulmones no son capaces de oxigenar la sangre".

Tapp pasó un mes en la máquina, "algo realmente inusitado. Es de verdad mucho tiempo", apuntó Azola.

"La neumonía de la COVID evitaba por completo que sus pulmones pudieran proveer oxígeno", dijo Azola. "Tenía tal inflamación en los pulmones que no podía oxigenar su sangre en sus pulmones".

  Tapp y la Dra. Azola el día que le dieron de alta del hospital

El calvario de Tapp comenzó a principios de marzo, mientras estaba trabajando en el Centro Médico de Asuntos de Veteranos en Washington, D.C.

Sospecha que contrajo la COVID-19 de un paciente con quien pasó unos 10 minutos "dándole mi discurso" sobre su rol en su atención médica. Poco después, el paciente fue transferido a una sala aislada, y tuvo un resultado positivo en la prueba del coronavirus.

Unas dos semanas más tarde, el 18 de marzo, Tapp comenzó a sentir fatiga, debilidad, dolor de pecho, una temperatura alta y dolor de cabeza. Su centro de atención de urgencia le hizo la prueba de la COVID-19, y le pidió que hiciera cuarentena durante 14 días en casa, en Lanham, Maryland, debido a sus síntomas gripales.

Cinco días más tarde, el centro de atención de urgencia la llamó para informarle que había tenido un resultado positivo del coronavirus. Con una temperatura de 102 grados Fahrenheit (casi 39 grados centígrados), Tapp le pidió a su novio que la llevara a la sala de emergencias del Hospital Suburbano, un centro médico del Johns Hopkins, en Bethesda.

"Me vieron entrar y lo supieron. Dijeron 'esta chica necesita ayuda'. Me ingresaron de inmediato", apuntó Tapp.

La condición de Tapp siguió empeorando, y 10 días tras su admisión fue transferida al Hospital Johns Hopkins en Baltimore, aunque no se enteró, porque ya no estaba consciente.

Tapp al final necesitó 117 días en el hospital, lo que incluyó dos meses en un coma médicamente inducido.

Los médicos transfirieron a Tapp entre las unidades de cuidados intensivos y de cuidados cardiacos, manteniéndola viva con varios equipos mientras ella luchaba contra una neumonía doble e insuficiencia cardiaca y pulmonar. En un momento determinado, estaba en un ventilador, en la máquina de baipás y en una máquina de diálisis, porque sus riñones habían dejado de funcionar.

Tapp se despertó con un tubo traqueal en la garganta y un tubo de alimentación en el estómago.

Ahora Tapp se ríe cuando recuerda cómo, justo tras despertar, ningún miembro del personal médico quería revelarle cuánto tiempo había estado inconsciente y enferma de gravedad.

"Muchas personas entraban a la habitación, médicos y otros. Me decían que me veía muy bien. Y yo me preguntaba cómo me había visto antes", recuerda con una risita. "Todo el mundo me visitaba, los fisioterapias, los especialistas en la respiración, y me decían que me veía TAN bien".

Entonces, su familia la visitó, y le dieron la noticia de lo que había pasado en los últimos meses.

Tapp ha pasado las semanas desde que despertó en rehabilitación. Tuvo que reaprender a realizar tareas básicas como ponerse de pie, caminar, tragar, masticar y beber con un sorbete.

Todavía necesita un andador para moverse, y oxígeno si se esfuerza demasiado, pero ya no recibe diálisis.

"Si uno piensa por lo que pasó y cómo está ahora, es un milagro", aseguró Azola.

Tapp ha trabajado en el Centro Médico de VA durante 13 años, donde coordina y ayuda a los veteranos durante el alta del hospital. Planifica volver, pero "no este año. No en 2020", dijo Tapp. "De verdad tengo que recuperarme. Es un largo camino hasta la recuperación".

¿Cuál es su consejo para las personas sanas?

"Use una máscara. Lávese las manos. Practique el distanciamiento social. Son las tres cosas que diría a la gente", añadió Tapp. "No es una broma. Es algo serio. Todavía no tengo gusto. Las personas me preguntan qué voy a comer cuando llegue a casa. Ahora mismo, no tengo sentido del gusto".

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