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Leopoldo Rendon
Leopoldo Rendon

¿Por qué no puedo controlar mi rabia?

¿Conoces a alguien que ante una situación menor reaccione de manera desproporcionada con ira y rabia? Quizá te ha pasado. De manera ocasional pudiera ocurrirnos sobre todo cuando se acumulan las dificultades y la frustración nos invade.

Pero hay personas que presentan explosiones de ira que los conduce a tener reacciones violentas con una frecuencia que es considerada por los expertos como algo fuera de lo normal.

Las emociones son reacciones automáticas que experimentamos física y mentalmente, que nos permiten valorar y reaccionar de manera adecuada a los estímulos con los que estamos en contacto.

Ante las dificultades y retos que se nos presentan a diario, que significan una amenaza a nuestra integridad, o representan frustración; dos emociones pueden desencadenarse: el miedo que desarrolla una conducta de bloqueo o huida, o la ira que genera una conducta de lucha.

Todos tenemos una manera de sentir y expresar las emociones, nacemos con un temperamento que es heredado y que aprendemos a controlar en el proceso de socialización y educación.

De manera que aprendemos a expresar las emociones de una forma que socialmente sea adecuada y que desde el punto de vista estratégico sea oportuna para así poder alcanzar nuestras metas y lograr una correcta adaptación.

Cuando hablamos de conducta agresiva nos referimos al acto dirigido contra una persona, animal o un objeto, que tiene el potencial de producir daño, abarca desde agresiones verbales hasta agresiones físicas.

En el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, (DSM-V), se especifica que con un promedio de dos episodios a la semana por más de tres meses, en donde la agresión física no provoque daño al objeto agredido, o cuando en los últimos doce meses ocurra tres o más arrebatos de ira que provoquen daños o destrucción de la propiedad o lesiones a las personas, es suficiente para sospechar que el agresor pudiera presentar una condición denominada trastorno explosivo intermitente.

La prevalencia de este trastorno se estima que puede afectar hasta el 7.3 % de la población en los Estados Unidos de América. En general tiene su inicio entre los 14 y 18 años y es más frecuente en varones.

Desencadena con frecuencia sufrimiento, conflictos de pareja, familia, laboral y en ocasiones legales. Para su adecuado diagnóstico es necesario que la persona acuda a un especialista en salud mental para descartar otras patologías que expliquen la conducta violenta y que podrá mediante técnicas de psicoterapia y en ocasiones uso de medicación ayudar al afectado a controlar estas conductas.

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